jueves, 4 de mayo de 2017

Catarsis: el teatro como terapia

Aristóteles ya hablaba en su Poética, al referirse a la Tragedia Griega, de la catarsis. Este fenómeno psicológico (o espiritual, según cuáles sean tus creencias) consiste en la capacidad del ser humano de empatizar con los sentimientos y situaciones de un personaje y "vivirlos" sin afrontar realmente las consecuencias.

Cuando vemos una película u obra de teatro de miedo o suspense, por ejemplo, elegimos nuestro nivel de "sufrimiento" acercándonos emocionalmente a la imagen de estar viviendo esa historia sólo hasta el punto que podemos soportar. Así, se produce muchas veces ese fenómeno tan gracioso en el que vemos a un espectador tapándose a ratos los ojos, o mirando de reojo la pantalla o el escenario, atrapado por su deseo de participar en ese momento de terror pero reservándose el derecho a aumentar la distancia si su corazón o su mente se vieran sobrepasados por la intensidad de lo "vivido". En esto, el teatro se parece a una vacuna: nos inyectamos un poco de enfermedad, sólo la que podemos aprender a curarnos cada vez, y así nos hacemos más fuertes.



Freud, y muchos después de él, emplearon un fenómeno similar al diseñar terapias que intentan que un ser humano supere limitaciones y traumas mediante una vivencia imaginada o escenificada de situaciones reales, lo que le supone un acercamiento más fácil y permite una sana distancia que da más margen para que la persona se permita acercarse a lo que teme (o desee) demasiado para poder gestionarlo en su vida real.

Esto ocurre con todas las emociones y sensaciones, y así muchos han aprendido a permitirse amar, por ejemplo, participando del enamoramiento de un personaje, o a odiar, o a enfadarse o a llorar.

Este fenómeno tiene una importancia vital para las personas que trabajamos en teatro: por un lado, somos los principales beneficiarios de la catarsis (la actriz vive en escena con intensidad emociones que en su vida pueden estar menos presentes o serle complicado gestionar) y aprendemos a sacar nuestro amor, nuestro odio, nuestro miedo, la envidia y todas las emociones en escena y durante el trabajo. Lo que, por un lado, resulta tremendamente terapéutico (suerte que sea así, porque todos los que nos dedicamos al teatro tenemos, al menos, un tornillo flojo) y, por otro, nos da una visión ampliada y hermosa de las emociones, despojada de las valoraciones morales con las que la sociedad nos enseña a etiquetarlas.

Se nos dice que llorar es malo, o que tener miedo está mal. Y no es cierto. El miedo y la tristeza, como el enfado y el amor son buenos y necesarios, forman parte de un todo y son procesos que sirven para curarnos, protegernos o lo que nuestro corazón y cabeza necesitan en cada momento. Vivirlos en escena te enseña eso, y te quita parte del miedo que también nos contagiamos las personas unos a otros a vivir emociones con demasiada intensidad. Sospecho que es algo que tiene mucho que ver con la educación emocional temprana de los niños y niñas, a los que se anima a controlarse, a no enfadarse, a no llorar... limitando así su capacidad de vivir esas emociones necesarias. Quizás porque para los padres o amigos les es más fácil convivir con una persona que no se expresa...

Pero hay otro aspecto que los "teatreros" necesitamos saber y valorar: el teatro es sagrado. Nació en los templos (una misa y una obra de teatro tienen, y no es casualidad, inmensidad de cosas en común). Este conocimiento es una responsabilidad, porque nos convierte en sacerdotes juramentados, por un lado, que tienen el mandato social (y divino) de mostrar las emociones que los demás esconden, precisamente para que los demás aprendan a vivirlas (y a no esconderlas). De todas las maneras en las que el teatro puede cambiar el mundo (como protesta política, o visibilizando injusticias, por ejemplo) ayudar a la gente a vivir las emociones es, desde mi punto de vista, lo más valioso e importante. Porque las emociones no son parte de la vida: son la vida misma y sin ellas no hay nada.

Además, tenemos otro privilegio y otra suerte: esta vocación "sagrada" del arte da sentido a nuestras vidas y a nuestros momentos. Una actriz vive atesorando cada momento de emoción (y buscándolos y generándolos) ya sea feliz o triste, y viviéndolos y analizándolos (con su intelecto o su instinto, según cada quién) para poder mostrarlos después. Así, cada momento de dolor y de placer de nuestra vida cobra una dimensión nueva, un sentido trascendental. Y sufrir por algo que vale la pena es sufrir, pero  menos.

El teatro es una hoguera que los actores alimentamos lanzando nuestros corazones al fuego con miedo pero felices por saber que su calor contagiará otros corazones, y que todos, público e intérpretes, nos curaremos y creceremos un poco en el proceso.

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